Antonio Montes Fusco es un remisero que sufrió seis robos como chofer. Se siente inseguro y desamparado pero eso no lo detiene a seguir trabajando.
Hace 14 años que trabaja en la remisería Perkins, agencia prestigiosa de Martínez. Cuenta que antes tenía un maxikiosco pero por motivos de inseguridad tuvo que cerrar. Su hija, la segunda de su primer matrimonio, estaba cuidando el negocio cuando un hombre ingresó al local, le puso un arma en la cabeza y le robó. “Entonces, bajé la cortina. Me desesperé y pensé; el día que pase algo, que me pase a mí”.
Quién hubiera dicho que después sufriría seis robos trabajando como remisero. El último fue hace dos semanas, cuando Antonio subió a un pasajero que se acercó a la empresa. El delincuente lo amenazó con un arma y le robó todo el dinero que llevaba con él. “Tuve que chocar mi auto nuevo para que el tipo no se lo llevará, porque si no me quedo dos meses sin trabajar”.
Antonio está cansado de que le roben. Teme cuando sale a la calle, pero cree que en cualquier rubro uno está expuesto a la inseguridad. Además, considera que las agencias no los protegen de los peligros que corren. “El mío es un trabajo de gitanos, el remisero no tiene gremio, sos un tipo totalmente abandonado”.
Él debe pagarle a la remisería el 20% de los viajes que realiza con su propio auto, pero ellas no se hacen responsables de robos y accidentes que puedan sufrir los conductores. Asegura que el 80% de las remiserías tienen a sus empleados en negro. “Yo no tengo ni obra social, todo lo tuve que pagar yo”. No obstante, reconoce que pertenecer a una agencia le facilita los clientes.
Toni, como lo llaman sus amigos, nació en 1954 en Quilmes. Comenta que no terminó sus estudios secundarios pero que siempre trabajó. De joven ayudaba a su padre en una fábrica de artefactos de iluminación. “Una vez diseñé lámparas para la casa de gobierno”, recuerda orgulloso.
Reconoce que le hubiera gustado ser abogado, tal vez para hacerle frente a las injusticias que le tocaron vivir. Pero más lamenta no haber continuado tocando el acordeón. “Cuando era chico tenía uno bueno y tocaba bien, pero uno no es porque no quiso”.
Muchas madres a veces necesitan que lleven a sus hijos a la escuela, pero Antonio no sólo se limita a su función de chofer. “Yo soy como uno más de la familia”. Comenta que cuando busca a los más chiquitos, muchas veces no quieren subirse al auto porque tienen sed, entonces él les compra una gaseosa. “Yo los veo crecer: a algunos los buscaba en el jardín y ahora los llevo a las fiestas”.
“Yo no soy de hablar mucho, pero todo esto me sensibiliza”, dice Antonio con un brillo en los ojos. Él considera que para combatir a la inseguridad se debería aplicar el servicio militar nuevamente.
Como lo vi
Cuando llegué a la estación de servicio donde había acordado el encuentro, Antonio ya se encontraba allí. Se levantó entusiasmado de su silla y me saludó cariñosamente.
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